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sábado, 14 de julio de 2012

Árbol humano


¡Qué bien fumado cigarrillo y qué hermosa cabeza la de este marinero! Toda ella deshaciéndose en nubes de humo. La mano, muy nítida, sostiene lo poco que queda del cigarro, enterrado en la sonrisa de la boca, como intentando prolongar el placer que le produce..
Aunque las volutas de humo escondan parte de su cara, todo en este hombre nos transmite una especie de picardía tranquila, sabiduría y vida. Notamos que se asoma a la ventana de los ojos para vernos, saludarnos. Después sigue su camino, con el mar en la camisa...
 Bella imagen  de un antiguo y vivo árbol humano.

martes, 19 de junio de 2012

Rojo


Los ojos nos atrapan y desasosiegan. Poco a poco y con esfuerzo, nuestra atención se va deslizando hacia la insinuada semisonrisa, sólo perceptible en una de las comisuras de los labios. No sabemos por qué pero la mirada y la  sonrisa nos resultan algo inquietantes y los fuertes colores de la imagen de este hombre, sobre todo el rojo de su camisa y el negro azulado del pelo, pasan a segundo plano. Tropezamos con una pequeña mancha, también roja, en la pared y nuestra inquietud la convierte en "señal" de algo.
 ¿Nos ven esos ojos o están mirando al interlocutor telefónico? Porque es posible  también que nuestra imaginación esté jugando con realidades que desconocemos. Quizá sea una persona que defiende su privacidad al mismo tiempo que la expresión de su boca pide disculpas por ello, con la atención repartida entre nuestra presencia y la voz que le habla.
 Es posible. Sin embargo, volvemos a mirar la fotografía y seguimos sintiendo el mismo desasosiego.
 

viernes, 30 de marzo de 2012

Explosión



A ciertas horas, en la ciudad, una masa gris camina apresurada con expresión vacía. Aparentemente en la misma dirección. De repente, de vez en cuando, alguien rompe ese gris clónico con una explosión de color y vida. Más raramente aún ese alguien nos ve. Y le vemos.
Y así, hoy, la mujer con este rostro denso, fuerte y hermoso se nos aparece como un ángel humano. Y la ciudad se vuelve  más leve, más brillante. No haría falta ni siquiera tanta belleza. Bastarían ese color, esa luz, esa expresión de quien vive y ve...




domingo, 12 de febrero de 2012

No pudimos, no quisimos


¡Qué extraña nos resulta una mirada tan directa de un desconocido, aunque sea a través de una fotografía! La expresión de la cara de este hombre nos produce cierta incomodidad. 
Da la impresión de que está en el dintel de la puerta que separa dos mundos: el suyo y el ajeno.
Aprender a leer expresiones y miradas es largo y difícil. Cuesta. Por eso muchas  veces nos gustaría fijarnos sólo en colores, formas y texturas de caras y ojos. Como si detrás de ellos no hubiera más que piedra, madera o metal, como en una escultura. Poder mirarlos con placer o desagrado. Sin implicaciones ni consecuencias. Que esos ojos no penetraran los nuestros. Y, como en este caso, los labios cerrados y la mirada oscura no nos cerrasen el paso. No nos interrogasen...
 La puerta, semicerrada, la inclinación inestable del cuerpo, nos alejan. Nos despiden. No pudimos, no quisimos, pasar la frontera.


viernes, 9 de diciembre de 2011

Un viajero


Un hombre joven en el tren. Nacido en Pakistán y camino de Francia. Lleva, como todos nosotros, su vida a cuestas. Y también como cada persona es impenetrable, un misterio para los otros. Por mucho que nos miremos, acerquemos y convivamos, es así. Más aún cuando el encuentro y el diálogo son breves. Y a  pesar, en este caso, del rostro  denso e interesante, expuesto y desnudo que parece decir tanto. Pero ¿qué? No sabemos. Querríamos, sentimos interés por lo que hace que sea como es y tenga la expresión que tiene. Nos gustaría conocer una vida que suponemos tan diferente a la nuestra. No podemos. Por eso nos dejamos atrapar por su presencia y fijamos la imagen del desconocido cuyo mundo hemos rozado inesperada y efímeramente.

jueves, 13 de octubre de 2011

Cautivo



Quizá no sepamos qué  grado de consciencia tiene este ser con el que intercambiamos miradas. Pero no podemos dudar de que "siente" y esto nos causa un  desasosiego que transforma el zoo en cárcel y a él en cautivo. Demasiado cercano a nosotros como para sentirnos inocentes mientras lo observamos. Quizá también nos preguntemos cómo hasta ahora nuestra propia consciencia nos permitía una visión tan superficial de la vida y los vivientes. La pérdida de  inocencia convierte la observación del animal en algo indiscreto y a la vez perturbadoramente fascinante. Por eso su  imagen entre cuerdas engañosamente lúdicas se fija en la retina y en la cámara mientras casi huimos.